Un cuento político

Un cuento político

Marisol Gámez

—Vine por el puesto de escritora que publicó su Partido Político para los comicios de este año.

—Perfecto. Necesitamos mentes creativas y convincentes.

—Imagino, es para escribir los discursos del candidato. Quiero sincerarme, estoy desactualizada, aunque estudié Ciencias Políticas, hace años que no tengo el pulso y la visión que, quizá, están buscando.

—No será necesario —dijo Tomás, el estratega político que me entrevistaba—. Nuestras estrategias están inspiradas en la literatura.

 Mi rostro desconcertado lo incitó a justificar su respuesta.  

—Te contaré una historia, Marisol. Esto no sucedió aquí sino en el pueblo X, en el año de Y… en unas elecciones para alcalde.

—¡¿Qué es esto, Tomás?! ¡Este discurso no plantea mis intenciones! ¡Yo deseo un gobierno de instituciones! —reclamó enojado el candidato R, del partido A, con el que entonces, trabajaba.

—También pediste un discurso motivador, brioso, que anime a la gente a votar por ti y eso hice, candidato; te lo explicaré como un cuento —respondí—. Nuestra contienda. ¡Es la lucha del bien contra el mal! —dije haciendo un ademan triunfante con el puño—. Nuestro Partido lucha para derribar las fuerzas malignas que pretenden mantener sus corruptelas y privilegios, dominar a la gente que es buena y bondadosa. ¿Entiendes la metáfora? Los que se identifiquen con la causa, se aliarán a la lucha y a eso lo nombraremos “La voluntad de todos”. ¿Cómo lograrlo? Despertando su enojo, por supuesto, recordándoles la perversidad de la oposición, como en todas las narraciones.

—¡Ay! Pero ignoraba que un militante traidor me escuchaba, y por una fortuna le vendió al Partido B nuestra estrategia discursiva. La oposición puso manos a la obra; aunque entendieron que no podían utilizar el mismo cuento de los buenos y los malos, eran muy astutos, encontraron otro elemento igualmente eficaz y con la misma simplicidad narrativa. Vistieron al candidato A de rey tonto, es decir, a los buenos, con un traje de incapaces e intentaron fomentar la angustia: “los problemas lo superan. Es un anciano confundido que vive en otra realidad. Se dice y se contradice. No es confiable”, fue su discurso.

—¿Y quién ganó? —pregunté, curiosa.

—Era un pueblo enojado. El partido A, en consecuencia. Pero ese tiempo, el partido B lo dedicó a apuntar los errores del Partido A, transformando el pueblo enojado, en un pueblo temeroso.

—¿Y el periodo siguiente? —quién ganó.

—El Partido B, por supuesto.

—¡Pero no puede ser! ¿Ese pueblo no se dio cuenta?

—¡Claro que no! Hace años que sigue inserto en ese bucle, entre el miedo y la ira — respondió encogiéndose de hombros—. Y seguirá funcionando este año, así que, si aceptas el trabajo, te veo el lunes —dijo Tomás y salió de la oficina.

 Sigo con el hueco estomacal. Necesito el trabajo, pero no quiero ser parte de esta historia.