Sueños, fantasías y olvidos

Sueños, fantasías y olvidos

Marisol Gámez

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Mientras revuelve las fichas de dominó, Arturo mira a su alrededor para comprobar que nadie más que sus amigos, escuchará lo que va a contarles.

―No lo van a creer, pero anoche, después de dos años, pude hacerle el amor a Cristina ―pronuncia en contenida euforia.

─Dijiste eso ayer, Arturo, ―exclama Miguel.

─ ¿Lo hice?

─ ¡No importa!  ─Responde Manuel, ¡cuéntanos, Arturo!

Los cuatro ancianos, transforman las arrugas caídas de sus rostros en ávidas sonrisas de morboso orgullo solidario. Arturo va a comenzar los fascinantes detalles de su aventura, cuando escucha la voz de Cristina desde el comedor.

―¡Ya es tarde! ¡Tus amigos deben irse, Arturo! Irrumpe Cristina con indignación.

―¿Cada noche inventas un encuentro marital? ¡Viejos lujuriosos!… Además ¡Dos años me parecen pocos, si han pasado como seis! ―reprocha Cristina, mientras destiende las sábanas de la cama― ¿Cómo se te ocurre decir semejantes mentiras? ¡Qué vergüenza! Has el favor de no involucrarme en tus alardes ―reprende a su marido entre silencios y se acomoda para dormir─  ¡Eres un fanfarrón Arturo!…  ─Agrega, ya con la luz apagada.

Él, la escucha callado, y con una mueca divertida le acaricia la cabeza con ternura.

….

Los golpeteos de las fichas de dominó sobre la mesa atraen a Cristina hacia el comedor. Hace calor y cree prudente ofrecer a los ancianos algo fresco para beber, pero al llegar al umbral escucha la voz de su marido contando episodios amatorios entre él y ella, que se parecen más una fantasía de película erótica que a la realidad.

― ¡Ya es tarde y tus amigos deben irse, Arturo! ―Expresa Cristina evidenciando de nuevo, su molestia. Sin embargo, Arturo no se incomoda por la actitud de su esposa, al contrario, con voz decidida pronuncia:

― ¿Sabes qué? Tienes razón. ¡Señores, nos veremos mañana! Ahora tengo un asunto que atender con mi mujer ―se levanta de la mesa. Decidido y cariñoso toma de la cintura a Cristina y la lleva complaciente a la habitación. La sienta sobre la cama y comienza a besarla lentamente, a acariciarla ignorando los fingidos pretextos que ella lanza al viento para disuadirlo. Largos minutos dura el preámbulo de una sesión de amor que se extiende hasta altas horas de la noche. El matrimonio se queda plácidamente dormido.

― ¡Arturo, despierta! ―exclama Cristina. Se percata desaliñada, con los olores de la noche y de Arturo en el cuerpo. Está semi desnuda, con el pelo revuelto y humedad en esos rincones erógenos que al paso del tiempo han vuelto áridos.

―Arturo, ¿en verdad sucedió? ―Pregunta desconcertada.

― ¿Qué?

― ¿Pasó? ―Pregunta, otra vez, intrigada

― ¿Qué si pasó qué? ―Responde él, indiferente

―Tuve un sueño. Un sueño recurrente que me agita mucho,  y en el que tú y yo….

─ ¿Qué, mujer? En el que tú y yo ¿qué?

─No. Nada, nada. Olvídalo…

―Duérmete otro rato, mujer ―dice Arturo acariciándole la cara con ternura. Se levanta animado, y mientras busca su ropa que yace botada en el piso de la habitación, recorre con detalle y picardía la historia íntima que, en sus sueños, Cristina tiende a interrumpir pero que, esta tarde de dominó, entregará con lujuriosos pormenores a sus amigos.