Los gatos domésticos están dañando ecosistemas silvestres y urbanos

Los gatos domésticos están dañando ecosistemas silvestres y urbanos

Redacción

Se estima que el gato comenzó a ser domesticado en el antiguo Egipto, en torno al año 7500 a.e.c. A lo largo de la historia, los gatos han sido relevantes en el control de plagas, como animales ligados a valores sagrados y como animales de compañía. Son animales muy apreciados por ser excelentes mascotas, la segunda preferida después del perro, y encontramos gatos domésticos en todas las poblaciones humanas, desde hace siglos. Eso no supone ningún problema siempre que se encuentren dentro de los límites del hogar. Sin embargo, de puertas para fuera, los gatos pueden suponer un grave problema.

A diferencia del gato montés, del cual desciende, y de la mayoría de felinos silvestres conocidos, el gato doméstico no solo caza para alimentarse. Animal juguetón por naturaleza, la caza es para el gato una forma más de jugar. Así pues, fuera del domicilio, ya sea porque salgan a dar un paseo fuera del hogar, o porque sean gatos ferales —gatos domésticos que se han adaptado a la vida silvestre, o descendientes de estos—, es común que cacen por placer y no lleguen a consumir sus presas. 

Los ecosistemas silvestres: primer foco del problema

De todos los ecosistemas, los insulares son los que más sufren los efectos del ataque de los gatos ferales. Por un lado, al estar separadas por barreras insalvables para la fauna y la flora, evolucionan de forma independiente, y con frecuencia surgen endemismos. Por otro lado, son ecosistemas más susceptibles a las perturbaciones. En el caso particular de las islas Canarias, los gatos ferales suponen hoy una grave amenaza para la biodiversidad del archipiélago, poniendo en serio riesgo a varias especies endémicas y protegidas, como la tarabilla canaria (Saxicola dacotiae) y diversos lagartos del género Gallotia.

Pero no solo las islas son susceptibles. El continente también sufre los problemas de los gatos asilvestrados. Entre las estimaciones que se manejan, destaca un estudio realizado en un centro de rehabilitación de fauna salvaje de California, Estados Unidos. De los animales que reciben, el 12 % de los mamíferos, 15 % de reptiles y hasta el 30 % de las aves susceptibles —con excepción de las aves rapaces y pelágicas— ingresan a causa de lesiones provocadas por gatos. Estos datos se desprenden de animales que llegan vivos a las instalaciones. Pero el gato es uno de los depredadores con mayor tasa de éxito en la caza, así que no es descabellado asumir que estas proporciones serán aún mayores en presas mortales.

El daño se extiende a la ciudad

El gato ha sido usado tradicionalmente para el control de otros mamíferos considerados indeseables o portadores de enfermedades, como las ratas. Se podría pensar que una ciudad con gatos sería una ciudad más segura y cómoda. Sin embargo, los gatos sienten preferencia por presas indefensas, y en realidad apenas influyen en la presencia de ratas. En lo que sí influyen es en su comportamiento, las ratas son animales extraordinariamente inteligentes, aprenden a predecir el comportamiento de los gatos y cambian sus hábitos. El resultado: los gatos ayudan a que no se vean más ratas, pero siguen estando ahí y sus efectos indeseables no desaparecen.

Por el lado contrario, los gatos causan innegables impactos sobre la fauna urbana. Los ecosistemas urbanos, por su propia naturaleza, son poco biodiversos, pero además, frecuentemente funcionan como islas simplificadas; pequeñas manchas de vida, en forma de parques, rodeadas  por un mar de asfalto que no puede ser colonizado. Al igual que sucedía en los ecosistemas silvestres, los gatos en la ciudad son depredadores de una gran cantidad de especies, sobre todo de aves. Y además, en el entorno urbano estos pequeños invasores tienen aún más éxito, pues reciben la ayuda constante de otra especie: el ser humano.

El gato, siempre en casa

Es habitual que algunos dueños de gatos dejen salir a la calle libremente a sus animales, con la esperanza bien fundada de que volverán al cabo de minutos, horas o días. Sin embargo, este comportamiento forma parte del problema. El gato debe mantenerse dentro de los límites de la vivienda, y no existe un solo motivo real de peso para dejarlo vagar fuera de casa.

Por supuesto, ese es un buen primer paso, pero dada la situación de algunas regiones, no es suficiente para solucionar el problema ecológico que suponen los gatos ferales. En esos casos, toca pasar a la acción.

En  general se asume que lo correcto es aplicar un sistema conocido  como “TNR”, siglas en inglés de “atrapar, esterilizar, liberar” —trap, neuter, release—. En ocasiones se incluye la adopción de aquellos gatos que pueden ser reintroducidos en un hogar sin que ello suponga un problema, algo que no siempre se puede llevar a cabo. También se propone que, durante la esterilización, se realice un marcaje y se vacune al animal, y que tras la liberación, se lleven a cabo tareas de monitorización y seguimiento de los ejemplares, que terminan formando las ya conocidas como “colonias felinas”.

Sin embargo, atrapar y esterilizar a toda la población no es viable, lo que permite que siga habiendo ejemplares capaces de reproducirse. Además, un animal estéril sigue causando graves impactos durante toda su vida. Es una medida ineficaz, aún más difícil en el medio natural.

Los profesionales están de acuerdo en que la medida más viable y eficaz es la eutanasia. Pero esto no es del agrado de todos, hay colectivos  que se oponen radicalmente a esta opción, sin tener en cuenta que cualquier alternativa implica el sufrimiento y la muerte de una cantidad muy superior de otros animales y la posible destrucción del ecosistema.

Con información de Muy Interesante