SODA STEREO
Fotos: Nora Lezano / Sebasti·n Arpesella

La maldición del autor invisible de “Persiana americana”

Redacción

Es 1985. Hace calor. Daffi baja la ventanilla de su Renault 6 y asoma la cabeza para ver qué pasa. Se escuchan bocinas. Una brisa le vuela los pocos pelos largos que cuelgan desde la altura de sus sienes. La pelada le va ganando a la zona cubierta, pero no pierde el rock: un retrato de aquella época lo muestra con un bigote ancho que baja hacia sus costados: “Un homenaje a Frank Zappa”.

El atado de Particulares le asoma por el bolsillo del pecho de la chomba blanca. Mientras le da una pitada al cigarro negro, cambia el dial de la radio: aparece el psicoanalista y locutor Tom Lupo que promociona su programa de radio, Submarino amarillo: “¿Te animás a meterte en la historia del Rock Nacional?”, invita.

Lupo acaba de anunciar las bases de un concurso de letras de canciones y los ganadores van a formar parte de los próximos discos de GIT y de la banda que logró romper las fronteras del rock argentino hacia la conquista de Latinoamérica: Soda Stereo.

A Jorge Antonio Daffunchio las endorfinas empiezan a caminarle el cuerpo como arañas. Quiere que el R-6 despliegue un par de alas para llegar a su casa en Moreno. Pero está embotellado en la autopista. Su cabeza empieza a volar, con hombres alados, relatos de crímenes y persianas americanas.

Llega la noche esperada. Pasaron tres meses y Daffi se pega a la radio a escuchar Submarino amarillo. Hoy van a anunciar cuáles serán las canciones ganadoras: “Llegaron más de diez mil letras y Cerati eligió un texto que se llama Cine Negro, de Jorge Antonio Daffunchio”, anuncia Tom Lupo.

Jorge (que ya es profesor de la escuela de Arte José Pipo Ferrari de Luján) salta de la alegría en su habitación. Aunque, inmediatamente, el locutor lo baja de un hondazo: “Lamentablemente, Soda Stereo se retira del concurso porque no se le puede poner música a al trabajo ganador. Y Cerati no quiso hacerlo con otra canción”.

El ciclo continúa con la letra elegida por Pablo Guyot, Willy Iturri y Alfredo Toth, los líderes GIT. “Pero un minuto después volvieron a hablar de Cine Negro”, recuerda ahora Daffunchio.“Yo me sentía realizado: hablaban más de mi canción que de la que, técnicamente, había ganado el concurso realmente.”

Una semana después, Daffunchio viaja en el tren Sarmiento desde Moreno a la Capital Federal porque lo invitaron al vivo del programa de Lupo. Espera encontrarse con Gustavo Cerati, Zeta Bossio y Charly Alberti y lleva una carpeta con sus dibujos para ver si puede meterse en el arte de tapa de algún disco.

Ya tenía cierto prestigio; había firmado varias tiras de humorismo gráfico en la revista Humor. “Para mí, la oportunidad estaba por ahí, por mis dibujos. Pero cuando llegué no había ido nadie. No estaban ni los GIT. Sólo un periodista del SI de Clarín.” Y recuerda su conversación con Tom Lupo.

–Daffi, de todas las letras, la tuya fue la mejor. Gustavo se quedó encantado.

–Si me decís eso, pasame el fono así lo llamo, Tom. Tengo más para ofrecerle.

–No te lo puedo dar, viste cómo es: si se filtra, las minas lo vuelven loco. Si querés, te paso el fono del mánager.

Algo le decía que ahí tenía una gran oportunidad, pero esa noche (en la que había ido a encontrarse con los Soda), Daffunchio apenas se llevó una foto para el suplemento SI y el contacto de Marcelo Angiolini, que representaba a Soda.

“Al otro día, voy a lo de mi vecina que tenía teléfono. Lo llamo y me dice: ‘Venite a verme’. Viajé otra vez con la carpeta a Capital y le dejé mis trabajos: dibujos y letras. Pero me di cuenta de que no le iba a dar nada. Unos meses después, el propio Cerati me lo confirmó”, recuerda.

Al menos ese día, el artista plástico se fue con un dato: “Che, por qué no llamás a los Sumo que tienen un Daffunchio. Capaz es pariente tuyo…”. Y fue a la carga por Prodan.

Otro tiro en el palo

Ya había llegado el verano del ‘86. Después del amague con Soda, Daffi estaba reunido en una oficina de dos por dos del barrio de Congreso con Luca, Germán Daffuncchio y Pettinato.

“Este pibe escribe bárbaro, por qué no le pedís algo”, cuenta que le dijo Jorge Crespo, mánager de Sumo, a Luca.

“La verdad que se me está complicando con las letras en castellano -aceptó humilde, el italiano-. “Escribite algo y nos vemos acá después de las vacaciones”.

Pero, Daffi no quería perder la oportunidad. Antes de irse, les ofreció hacerles la tapa del disco y les mostró su carpeta con dibujos: “Se pusieron a discutir, que sí, que no y era una pérdida de tiempo. Le terminaron robando una obra a Christo para la tapa del disco. Cuando lo vi, me quería morir”.

Parecía una burla del destino: las oportunidades aparecían pero cuando estaba a punto de asomar la cabeza en la foto entre los grandes del Rock Nacional, la imagen se velaba. Primero Soda Stereo, después Sumo y unos años más tarde aparecería Calamaro en su camino.

De hecho, Daffi influyó directamente en la creación de la canción Dos Romeos, tanto, que fue el que le facilitó a El Salmón la novela de Brian Aldiss (Bang Bang y Donde las Líneas Convergen) que disparó la canción: “Yo escribía para Alejandro Schanzenbach, que era su bajista. Y me había pedido el libro. Un día me lo iba a devolver y me dijo: me lo pidió Calamaro. Alguna vez nos encontramos con Andrés y me reconoció lo de mi letra para Soda. Quedamos en hacer algo juntos, pero después se fue a España atrás de una novia. Capaz, otro se iba a buscarlo a España, pero a mí nunca me gustó forzar las cosas…”. Otra vez, la pelota pegaba en el palo…

“Estamos por sacar un disco, Jorge, pero no se me ocurre nada. Me encantaron tus letras, ¿por qué no venís a verme?”. le dijo Gustavo Cerati a Jorge Daffunchio por teléfono, en 1986.

“Un tal Gustavo Cerati”

Pero la red de contactos y situaciones que lo acercaban al rock, parecía infinita. En su paso por Bellas Artes, Jorge conoció al director de fotografía Salvador Melita quien, a su vez, trabajaba con el cineasta Alfredo Lois.

Las casualidades del destino quisieron que, en febrero del ‘86, Daffunchio se encontrara con Melita, que estaba por viajar al Norte con Soda: iban a grabar el mítico clip de El temblor. Y Daffi vio cómo pasaba el tren de carga hacia Jujuy. Pero esta vez se tiró de cabeza sobre las vías.

“Llevale todo esto a Gustavo, decile que soy el que escribió la letra del concurso y que lo quise contactar de todas formas”, le pidió a su amigo.

En esa época no existía el celular, el mail ni el WhatsApp. “A Gustavo le encantaron tus letras, de nuevo. Te quiere ver”, fue lo primero que le dijo Melita cuando se reencontraron.

Daffunchio buscaba en la agenda del SI y no aparecían presentaciones a la vista. Y otra vez, fue a la carga vía Melita: “Conseguime el tubo que lo llamo ya a Gustavo”.

Cuando tuvo el número, otra vez, Daffi le pidió permiso a su vecina para usar el teléfono de línea, pero lo atendió un contestador: “Nunca había hablado con una grabadora, así que me fui a mi casa a escribir un speech escrito y volví para dejarle el mensaje leído”.

Unos días después, la vecina lo encontró en la vereda: “Te llama un tal Gustavo Cerati”.

“Estamos por sacar un disco, Jorge, pero no se me ocurre nada. Me encantaron tus letras, ¿por qué no te venís a verme?…”, le abrió el juego el músico.

El encuentro se dio en un departamento que tenía Cerati en Barrio Norte. Había pasado casi un año del concurso, más los tres meses de aquel día que había escuchado el spot en la radio.

El líder de Soda Stereo lo atendió en un hallcito de entrada: “Parecía un monoambiente, todo muy blanco”, recuerda Daffi, que se sorprendió espiando unos postizos que usaban los Soda: con eso lograban aquellos “raros peinados”.

“Tengo estos títulos, pero apenas tengo algunas bases”. Le comentó Gustavo, quien le mostró un papel donde había anotado una serie de disparadores: “El Rito”, “Somos prófugos”, “Fisura”, “Persiana americana”, “Picnic en tu cuarto”.

Después de mirar esos apuntes que había escrito Cerati de puño y letra, Daffi se volvió en el tren con la primera letra de Persiana americana en la cabeza.

Por esos días, Jorge estaba muy enganchado con la novela negra norteamericana y muy influido por Raymond Chandler y su investigador Philip Marlowe: “Una persiana americana. Rayas horizontales/ Quebrándote la cara”. También había ventiladores y una oficina calurosa.

Es decir, Daffi imaginaba una de detectives, pero Cerati quería algo más romántico. Y se entendieron rápido, ahí nomás Jorge escribió: “Yo te prefiero, fuera de foco, inalcanzable. Yo te prefiero, irreversible, casi intocable…”, y el resto de las líneas de la canción.

En el tercer encuentro, Persiana americana estaba terminada. Jorge no lo sabía, pero había terminado uno de los hits más importantes de la banda más taquillera de la historia del Rock Nacional. Y Latino.

Hasta hoy, Persiana americana sumó más de 167 millones de reproducciones en Spotify, confirmándolo como el clásico más escuchado de Soda (De música ligera tiene 153 millones y Cuando pase el temblor, 142). Y todo comenzó en 1985, sobre un Renault 6.

Hoy el coautor del máximo éxito de Soda sigue viviendo en Moreno. Jorge dice que Persiana americana le cambió la vida, aunque no como la mayoría piensa: “Muchos creen que me hice millonario, pero la verdad es que lo que provocó en mí la canción fue una apertura hacia otras maneras de expresarme”, explica.

Y entiende que también puede haber influido en Gustavo con sus escritos de hombres alados y detectives en otras canciones de Cerati, en clara alusión a La ciudad de la Furia y Crimen. Pasaron 35 años.

“Realmente no me conmueve el número de Spotify. Tampoco cambió mis ingresos de Sadaic”, dice riendo con una remera que reza Maldito Artista.

Siente que lo persigue una maldición. “La maldición de artista.” ¿Qué quiere decir? “Cortázar decía que el verdadero artista es un eterno perseguidor de un objeto que nunca termina de alcanzar. Esa es la maldición. La búsqueda no tiene que ver con el dinero, sino con una insatisfacción permanente, esa sensación de que nunca es suficiente. Siempre habrá algo nuevo por descubrir.”

-Cualquiera pensaría que “llegaste” después de semejante hit…

-El artista nunca llega. Cuando tenés esa sensación, corrés la cortina y esa meta que parecía que habías alcanzado volvió a correrse. Y es otra vez a empezar de nuevo. El día que ya no sentís eso, es porque dejaste de ser un artista.

Con información de El Clarín