Combatir con vigor la injusticia y pobreza, plantea Rolando Cordera

Combatir con vigor la injusticia y pobreza, plantea Rolando Cordera

La Jornada

CDMX.- El reciente libro de Rolando Cordera (Manzanillo, Colima, 1942), La perenne desigualdad, propone contribuir a conmover almas, sentimientos y razones para convocar a los lectores a tomar conciencia de lo que urge en el país: programas para combatir la pobreza, así como movilizaciones y reclamos al respecto.

Así resume el autor el contenido de ese trabajo publicado por el Fondo de Cultura Económica (FCE), en el cual presenta una selección de ensayos escritos por él, desde finales del siglo XX a la fecha, en torno a la desigualdad social y económica en el país.

En esa obra también describe cómo han sido las intervenciones políticas que los diferentes gobiernos han intentado para encarar esa circunstancia.

En entrevista con La Jornada, el profesor emérito de la Facultad de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) afirma que su libro es una suerte de proclama, ensayos libres, no un texto académico formal, que trata de convocar a colegas, a la comunidad intelectual, no sólo de la UNAM sino del país, a tomar una posición fuerte y firme, por la vía de la argumentación, para enfrentar la muy aguda desigualdad económica y social.

En recientes años, el también colaborador de este diario ha centrado sus investigaciones en lo que llama una especie de operación soslayo que pretende difuminar la importancia del combate a la desigualdad.

Tal situación, continúa, está en la raíz de muchas omisiones y excesos que caracterizan nuestra vida pública. Omisiones porque no estamos registrando lo que las vivencias cotidianas nos dan, lo que la estadística oficial nos ofrece y lo que hemos vivido y vivimos. Antes, que no sabíamos tanto acerca de la desigualdad, intentábamos más. Ahora, que estamos bien informados y documentados de lo que pasa con el edificio social mexicano, existe una especie de conformismo y resignación hasta llegar a extremos en los que personas afirman que la desigualdad no es mala al final de cuentas, o que la asumen como una fatalidad. Este libro se inscribe en esa encrucijada.

Cordera sostiene que la pobreza en México no tiene ninguna justificación económica, es decir, tiene explicaciones económicas, políticas y sociales, pero es inaceptable tener a la mitad de la población en tal situación en un país con una economía que se ubica entre las mejores 15 del mundo y con tal cantidad de ricos.

Aun cuando la pugna por las cifras de pobres oscurece el panorama, en opinión del economista, 2018 no será un año catastrófico.

Al contrario, añade, “catalizado por la experiencia durísima y cruel de los sismos de septiembre, y por el malestar y descontento de muchas personas por la manera en que se ha afrontado el tema de la reconstrucción, podemos esperar situaciones críticas, de reclamo y protesta social muy airados, pero no hay por qué andar pregonando que el fin ya llegó.

“Somos una sociedad muy grande, hay partidos políticos, hay pluralidad, hay libertad de expresión, matizada, relativizada y a veces arrinconada por el poder, pero hay. Entonces, sí podemos esperar otra solución.

“Lo que no podemos esperar es que haya soluciones civilizadas, políticas y democráticas, si seguimos negándonos a asumirnos como la realidad nos indica: como una sociedad dividida, fracturada, terriblemente injusta.

“Aun si nos olvidamos de los valores y ética que nos heredó la Revolución, y en particular el gobierno del presidente Lázaro Cárdenas, quien hizo una gran reforma social, en el mundo actual hay una toma de conciencia intensa en la que, como dijo Obama cuando fue presidente, la desigualdad es la cuestión decisiva de nuestro tiempo.

No podemos seguir haciendo como que la desigualdad no existe, como que eso no pasa, y como que eso no tiene implicaciones, pues las más burdas y salvajes están en esa matriz de pobreza, desaliento y rencor sociales.

Por una democracia social

“La desigualdad y su contraparte, la concentración de la riqueza en unos cuantos –prosigue Cordera–, está a la vista de todos. México, por fortuna, no está segmentado geográficamente. Los pobres caminan por la ciudad, no están refundidos en las montañas del sureste, están aquí. La desigualdad y la pobreza se han urbanizado. Nadie puede decir que no ha tenido contacto con ellas.

“Esa es la preocupación que trato de convertir en proclama en este libro. Tenemos que aspirar a una democracia social, en los términos antiguos, los acuñados por los socialdemócratas alemanes del siglo XIX. La democracia tiene que ser social, generar políticas y consecuentemente gobiernos comprometidos con el enfrentamiento de lo que llamaban en aquella época la cuestión social, la del pobrerío, el empobrecimiento, los desarraigados, los campesinos que iban a las ciudades y que sorprendieron a todos pues imaginaban que con la revolución industrial, el capitalismo, la ciencia y la ilustración se daría lugar a un mundo sin pobres, pero resulta que todo aquello trajo consigo nuevos pobres.

Tiene que haber una preocupación de la sociedad organizada, a través del Estado, con respecto a estas fracturas y grietas de las sociedades modernas, pues pueden poner en peligro la convivencia pacífica, la estabilidad política y, ahora, la propia globalización, concluye.