Capacitados para el sexo

Capacitados para el sexo

«¿Así se puede hacer todavía algo?», ha titulado esta suerte de memorias íntimas, el interrogante al que tantas veces se ha enfrentado desde que, a los veintidós, una enfermedad muscular le obligó a sentarse en una silla de ruedas. Tanta reiteración por parte de amigos, desconocidos, y ahora también de periodistas, le ha llevado a la conclusión de que «hay algo problemático en la sociedad cuando yo tengo que hablar más de sexo que los demás». No es una deducción retórica. Además de sus relaciones sexuales con extraños –uno de ellos, por cierto, es su actual pareja–, Gehlhaar cuenta la cara de pasmada de la ginecóloga a la que acudió para pedirle una píldora anticonceptiva distinta a la que acostumbraba.

Antes de que esta mujer provocara sarpullidos en los sectores más conservadores de su país, el barcelonés Antonio Centeno lo hizo en España con el documental ‘Yes, we fuck’ (Sí, nosotros follamos), un trabajo rematado gracias a una campaña de micromecenazgo que recoge seis historias reales sobre la sexualidad entre personas con diferentes limitaciones físicas e intelectuales. ¿El objetivo? «Mostrar que somos seres sexuales y sexuados; cuerpos con deseo y deseables». Así de simple. «Necesitamos sexualizar la diversidad funcional para romper la dinámica de infantilización en la que se mueve la sociedad, que hace que se nos vea como niños eternos y que parezca natural que vivamos en una situación permanente de dependencia», expresa a este periódico.

Centeno se mueve en una silla de ruedas y hace sus actividades cotidianas «con las manos de una asistente personal». Lleva trece años empeñado en hacer valer el derecho de su colectivo a llevar una Vida Independiente, una meta que ahora da nombre a un movimiento ciudadano. Lo hace de forma exclusiva desde 2010, cuando dejó su puesto como profesor de matemáticas de Secundaria. Convertido hoy en un referente nacional de esa lucha, no sólo reclama apoyos materiales, como asistencia personal o viviendas y transporte accesibles, para así «poder tener una vida propia, recuperar nuestros cuerpos y decidir quién los toca y quién los ve». Anhela también un «cambio cultural que permita construir una sexualidad menos constreñida a la genitalidad y más rica para todo el mundo, incluidos vosotros, con más formas de mirar la belleza y de vivir el deseo».

Al igual que ocurre en otros ámbitos de la sociedad, las mujeres de este colectivo también deben soportar una carga extra de represión sexual en el nombre de su género. «Sobre nosotras se ejerce una mayor sobreprotección familiar porque se nos ve aniñadas, asexuadas, sin derecho a desarrollarnos en todas las facetas de nuestra vida», expone Marta Valencia, secretaria de Mujer e Igualdad de la Confederación Española de Personas con Discapacidad Física y Orgánica (Cocemfe). «A los hombres con discapacidad se les da más libertad, poder de decisión y posibilidades de ejercer sus derechos a tener relaciones íntimas. A las mujeres con discapacidad ni siquiera se nos informa en materia de salud reproductiva. Menos aún sobre sexualidad». Todo ello hace que, entre las personas con diversidad funcional, el erotismo se viva «con demasiados tabúes». «Hasta el punto de que muchos no tienen más remedio que renunciar a su sexualidad», admite Valencia.