200 años de Charles Baudelaire

200 años de Charles Baudelaire

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Charles Baudelaire nació hace doscientos años, el 9 de abril de 1821. Lo que se conoce como “literatura moderna” se debe en gran medida a Baudelaire, quien fue creador, más que de un movimiento, de una nueva sensibilidad. Fue también esencial en consolidar la figura del “dandy” como aquel que se guía únicamente por el goce estético y la figura del “flâneur“, aquel que cultiva el placer contemplativo, moviéndose a la deriva por la urbe, que se convierte para él en escenario de un espectáculo incesante.

Baudelaire logró llevar los grandes temas de la literatura, todo lo sublime y sórdido de la existencia, a la vida cotidiana, a la ciudad y a las texturas.  Como en ningún poeta antes, en Baudelaire la sensación se transfigura en conocimiento. “El genio de cada uno es su sensibilidad”. “Me contenté con sentir”, así resumió su proyecto. Proust dijo que su genio era “esa subordinación de la sensibilidad a la verdad”.

Se abre con Baudelaire una “destilación de lo infinito” en lo cotidiano y una metafísica de la piel, de los aromas y de las texturas (que abren bastidores inagotables); de la sustancia original, extática y ambrosíaca, accesible a los sentidos. Así, la embriaguez, que es la exaltación de la sensibilidad –entre la voluptuosidad y el juego contemplativo–, se vuelve un sendero de conocimiento, un arte de vida.

Sainte-Beuve, el gran crítico literario francés de la época, describe así el “quiosco” desde donde Baudelaire operaba:

un quiosco muy raro, muy decorado, muy atormentado, pero coqueto y misterioso, donde se lee a Edgar Poe, donde se recitan sonetos exquisitos, donde nos embriagamos de hachís para después reflexionar sobre ello, donde se toma opio y mil drogas abominables en tazas de porcelana.

En su libro sobre Baudelaire, Calasso hace una glosa pertinente sobre la embriaguez, la particular locura hiperestética del genio parisino:

“Orate sine intermissione”: el precepto paulino, que sería el fundamento de la oración hesicástica, se transforma con Baudelaire en otra fórmula. “Embriagaos sin tregua”. Si el elemento metafísico que hiere toda apariencia es el puro pasaje de los instantes, será necesario que a cada instante la apariencia se vuelva, como en un manto protector, en la impenetrable película de la ebriedad. Pero ya sin ningún soporte ritual o litúrgico, como en cambio sucedía para las Bacantes y los monjes. Entonces, “cuando departáis en la soledad taciturna de vuestra habitación”, recuperar la ebriedad “será la única cuestión”, como si nada más importase en el mundo, pero ya no habrá apoyos seguros, ceremoniales y tradicionales, para la empresa. Será necesario abandonarse “a todo lo que huye, a todo lo que gime […] a todo lo que habla” para reconquistar ese estado de excepción que parece ser la única normalidad tolerable. Les Fleurs du mal es la crónica de esos intentos siempre precarios, frágiles, intermitentes. Cada verso puede incluirse dentro de lo que los químicos denominan “compuestos inestables”.

Después de Baudelaire, habiendo colapsado el canon y el ritual, en “la era de la inconsistencia”, sólo quedaba la embriaguez como resabio de lo sagrado. Y lo sagrado nunca puede ser parcial; su enemigo es el tiempo muerto, la medianía y la indefinición moderna. Lo sagrado sólo existe si abarca todos los actos, la totalidad del flujo temporal.

Es necesario embriagarse incesantemente para exorcizar o sublimar los demonios del aburrimiento y el sinsentido y colocar un barniz mágico sobre lo que aparece. La embriaguez es ofrecer la sensibilidad, con intensa atención, de cara al deleite. Como si el instante, el objeto de los sentidos, fuera lo único existente y tuviera infinito valor, sólo que al mismo tiempo (y esa es la actitud justa) debe vivirse como un juego.

Con la relajación ontológica que permite la metamorfosis, convertirse en lo observado al “vaporizar el yo” y dejarse ir en las nubes opiáceas, en los soles centelleantes de la fantasía. Saber que la naturaleza es un templo viviente, como dice Baudelaire en Las flores del mal, y que sus pilares nos hablan y nos miran. Que en la belleza viva hay siempre algo bizarro, tremendo y discordante.