La credibilidad del Presidente

La credibilidad del Presidente

La Jornada

Ciudad de México.-Antes, en el contexto de un gobierno corrupto y asesino, la población inmediatamente asignaba responsabilidad al mismo presidente de la República por casi cualquier asesinato, desaparición forzada, robo o acto de corrupción. El reclamo “Fue el Estado”, surgido en el contexto de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, fue el resultado natural del colapso de institucionalidad y confianza democrática que había acompañado la llegada de Enrique Peña Nieto a Los Pinos. Durante el sexenio pasado, el descrédito del titular del Ejecutivo llegó a tal extremo que éste incluso se vio obligado a expresar públicamente su frustración frente a la impresión generalizada de que él se despertaría cada mañana pensando en una nueva forma para “joder a México”.
Después del trágico accidente en que perdieron la vida la gobernadora de Puebla, Martha Angélica Alonso, y su esposo, el senador Rafael Moreno Valle, los representantes del viejo régimen quisieron convertir el incidente en una crisis política equivalente a aquellas que mermaron la legitimidad de los presidentes anteriores. Vicente Fox, Javier Lozano y Felipe Calderón, junto con algunos medios de comunicación y periodistas afines, inmediatamente insinuaron que el avionazo habría sido un atentado en contra de una de las familias políticas más poderosas del panismo nacional y que el culpable sería el mismo López Obrador.
Movilizaron miles de bots y cómplices en las redes sociales para intentar dar credibilidad a esta disparatada hipótesis. Organizaron un coro de abucheos y gritos en contra de la representante de López Obrador, la secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, durante el funeral de la gobernadora y el ex gobernador.

Olga Sánchez Cordero en el funeral de Martha Érika Alonso y Rafael Moreno Valle. Foto: Especial
Los nuevos opositores se comportan hoy de acuerdo con el fantástico guión que imaginan dirigía la actuación de la sociedad en los momentos cruciales de los sexenios de Calderón y Peña Nieto. Para el viejo régimen, las protestas en su contra nunca eran expresiones auténticas de descontento y desconfianza populares, sino conspiraciones orquestadas por algún agente externo, desde La Habana, hasta Moscú, Caracas, la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, Morena o Marte. Así que hoy que les toca ser oposición, el PRIAN se dedica a fabricar artificialmente supuestos escándalos políticos esperando ser tan efectivos como los morenistas cuando tomaban las calles.
El pequeño detalle es que ahora el Presidente de la República sí goza de una enorme credibilidad. En el caso de Puebla, por ejemplo, nadie en su sano juicio cree que López Obrador podría haber mandado a matar a la gobernadora y a su esposo. El tabasqueño ha sido muy consistente en su llamado en favor de la paz y la reconciliación y en ningún momento a lo largo de su amplia carrera política ha sido relacionado con acto alguno de venganza o de violencia.
Todavía no se puede descartar la posibilidad de que la caída del helicóptero donde viajaban Alonso y Moreno Valle haya sido provocada por alguna mente maligna. López Obrador ha invitado a expertos de Canadá, Estados Unidos y Europa a participar en la investigación para evitar la menor duda al respecto. Sin embargo, a los mexicanos sí nos queda perfectamente claro que no existe ninguna posibilidad de que el actual Presidente hubiera mandado a hacer semejante acción, lo cual genera una gran confianza en las investigaciones en curso.

Lugar en el que se desplomó el helicóptero en el que viajaban Rafael Moreno Valle y Martha Érika Alonso. Foto: Especial
La nueva oposición haría bien en madurar y ajustar sus estrategias a las nuevas circunstancias, en lugar de limitarse a imitar su propia imagen caricaturizada de las acciones que supuestamente tomaban las oposiciones anteriores. De lo contrario, después de cada tormenta falsa, el capitán López Obrador podrá sonreír con aún mayor tranquilidad y serenidad frente al fracaso de las desesperadas acciones de sus adversarios. Este escenario ya lo vivimos durante la campaña presidencial de 2018 y lo hemos vuelto a atestiguar en el desenlace de la tragedia de Puebla.
Ello no implica, desde luego, que no se debería articular una oposición política clara y fuerte, sino todo lo contrario. El sistema político hoy es, en realidad, más sensible que nunca a los reclamos ciudadanos y las propuestas sociales. Como botón de muestra hemos sido testigos en las semanas recientes de como las críticas sobre el presupuesto lograron importantes reasignaciones en la Cámara de Diputados y las protestas sobre las reformas constitucionales en materia de seguridad pública generaron modificaciones claves en la propuesta presidencial con respecto a la Guardia Nacional.
No sólo quienes hoy llegan al gobierno, sino también quienes sorpresivamente se encuentran ahora en la oposición, deben ajustarse a las nuevas circunstancias. Pero mientras la mayoría de los nuevos gobernantes asciende por una pronunciada curva de aprendizaje, importantes sectores de la oposición se han quedado estancados en el pasado negándose tercamente a aceptar la nueva realidad política del país.