El Innombrable

El Innombrable

Jorge Arturo Ferreira Garnica

 

“Tener derecho a hacer algo no es para nada igual a tener razón al hacerlo”.

Breve historia de Inglaterra­

G.K. Chesterton

Sé que una aldea, una ciudad, un país, un continente, y todo el planeta tierra, están construidos, constituidos e integrados de pueblo, esa masa amorfa tangible y visible, viva y vivaz, en cada momento de cada día. No sé bien si pueblo es el término correcto para referirme a seres vivos, gente pensante, y personas conscientes, pero con razón o sin ella lo emplearé, a partir de una de tantas derivaciones de definición latina del mismo, esto es: Gente común, plebe, masas etcétera ¿Por qué está pueril explicación, o quizá justificación? Mi respuesta está basada en su propia naturaleza, que es su simple estulticia, es decir, en todos los acontecimientos aberrantes que se han gestado merced a quienes han venido gobernando este México estoico, impertérrito, valiente, luchador, heroico y sufrido. De manera muy particular por las actitudes asumidas por este último presidente de mí vapuleado México, y que eligió el “pueblo sabio”. Sí, este sujeto salido de las sombras más oscuras no de la historia, sino de esa lóbrega y oscura noche de los tiempos, sin significado ni nada que lo justifique, o quizá sí, pero del significado más contradictorio, monstruoso y siniestro de la historia de la humanidad: La antítesis de cualquier historia.

A este sujeto de marras sí le ajusta y le entalla el calificativo de “innombrable”. Se lo ha ganado a pulso, pues salvo Victoriano Huerta, otro loco de atar, nadie había logrado cometer más “gansadas”, mentecateces, majaderías, necedades y crímenes, sí “crímenes” ajustados a su estulto código genético, en tan sólo en seis meses. Seis meses en los que se ha empeñado en humillar y despreciar a las mayoritarias buenas conciencias, como decía Jorge Ibargüengoitia, mi paisano.

No encuentro una explicación racional de por qué hemos permanecido en silencio, en tanto este despreciable y bruto gobernante, se devanea recorriendo el país con sus hipócritas desplantes de divino y redentor ¿Por qué, mil veces por qué, hemos aceptado tácitamente su despótica, arbitraria, autoritaria y dictatorial actitud? Ya basta de humillaciones, desprecios, insultos, discriminaciones y sobre todo de segregación, de quienes no le dimos nuestro voto, y no se lo dimos, porque sabíamos de su ineptitud para gobernar.

Tenía dieciocho años de decirnos quién era, pero nos cegaba nuestra indiferencia y falsa seguridad de que nunca llegaría, pero nos equivocamos. Lo demás son meras consecuencia, pero no por ello debemos permanecer inactivos. ¡No! Debemos tomar la vía pública como él mismo lo hizo durante su taimado peregrinar por todo México, y recordemos que no lo hizo una vez, sino tres veces, -y va por la cuarta- discurriendo su andanada de zarandajas revestidas de un tufo que según él, pretende hacerlo humorístico, pero que sólo raya en lo grosero. Recurso que va más allá de la simple y bien recibida vulgaridad de las masas, cuya dosis de genialidad nos arranca la risa y la carcajada, risa y carcajadas sanas por su originalidad empapada de frases frescas con las que expresan festivamente lo malo y lo bueno que la vida les ofrece día a día, con predominio de lo festivo a partir de lo doloroso, absurdo o de final funesto, es decir, humorismo auténtico ¡Vamos, es la comedia humana pues, no la indeseable tragedia a la que nos está arrastrando este execrable hombrecillo! El pueblo sabio y sano que ríe de todo y nos arrastra a todos. Y por ahora un pueblo aturdido y totalmente engañado y seducido por la insultante entrega de unas monedas a manera de dádiva o limosna.

Son su actitud y sus desplantes además de despóticos e insultantes, destructores y violatorios del orden civil, de la ley, la justicia y la legalidad, una bárbara barbaridad; sí, así como los otros descaros que ya mencioné, pero que es necesario recalcar, machacar, repetir y gritar una y otra vez, y todas las veces que sea necesario hasta que nuestro fiero rugido unido se convierta en un estruendoso coro, o dicho con mayor propiedad, en una sola voz, una sonora voz que taladre sus oídos con la expectativa de lograr que bote de su hueco craneal por todos los poros de su humanidad, los resortes de su estupidez, y luego lo recluyan en donde sea, menos en el manicomio, porque ahí están los locos, los que perdieron todo, menos la razón, recitó en alguna ocasión G. K. Chesterton.

Este marrullero de siete suelas y, además “innombrable”, no es otra cosa que todo un bagaje neuronal de horizontal ignorancia, una línea continua sin pico alguno. Eso es lo que alberga su cerebro: cerebro ayuno del buen juicio, prudencia, razón, equilibrio, concepciones sine qua non para pensar, es decir, formar la idea de algo en el cerebro, alimento que requiere todo pensamiento genuino, con bases sólidas, además del complemento consistente de una buena dosis de humildad y honradez, esos “conceptos” que tanto pregona y que siempre elude porque no los entiende y menos aún los digiere; sí, eso cuya suma, da como resultado la lucidez, lucidez que todo gobernante que se precie de serlo debe tener como componente mínimo para desempeñar su función, dentro de los cánones de la política como ciencia y como arte de gobernar, y de las otras ciencias que la acompañan para guiar los destinos de una Nación.

¿Sabrá este hi de pu como decía Cervantes en el Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, que Lenin con tan sólo una firma al pie de la esperanza de un pueblo, cambió el mundo en la época que le correspondió gobernar su país, y que aún vibran sus alcances, aunque luego y después, los que le sucedieron hicieron todo lo que pudieron para desmoronar paso a paso, lo que él erigió bajo una percepción de la realidad en la que faltaba tan sólo una pieza, es pieza que años atrás El Cristos y Marx ya habían pregonado: La igualdad. Esa correspondencia y proporción que son el súmmum que constituye el todo de una sociedad justa e igualitaria.

Hemos tenido locos de atar presidiendo los destinos de la patria, pero ninguno de tal calibre como éste ¡Vamos, ni Huerta, ni Echeverría ni Fox! Y vaya que derramaron el vaso de la demencia. Pero éste, sí, éste, es una nueva clase de demente, esto es cierto aquí y en el cosmos, pues díganme si miento: ¿Cómo calificar al que ha llegado al paroxismo y hartarnos en tan sólo ciento ochenta días? ¿Muestras? Citaré algunas, pocas, no todas, pero significativas y demoledoras: Partiremos de la cancelación del NAIM (Nuevo aeropuerto de la ciudad de México), con doscientos mil millones invertidos y tirados a la basura. La cancelación de las inversiones extranjeras petroleras, con más de doscientos mil millones de dólares que volaron aún sin tener alas porque los despreció este loco. Cancelación de apoyos a madres solteras, guarderías infantiles, despido de funcionarios y empleados del sector público que eran clave para el buen funcionamiento de las instituciones. Cancelación del proyecto de energía eólica en la Ventosa en el Istmo de Tehuantepec. Cancelación del Consejo Nacional de Turismo, que merced a su labor aportó en 2018 ciento noventa y dos mil millones de pesos. Condonación de pago de electricidad que el gobierno de Tabasco debía a CFE. Recortes presupuestales básicos en varias instituciones clave para los habitantes de México, IMSS y SEP, Secretaría de Cultura, Conacyt y otras. Puñaladas traperas al “pueblo fiel, noble y sabio” y a quienes dieron su vida por estos ideales en la Revolución Mexicana, merced a lo cual oíamos ladrar los perros ¿verdad que sí Sancho? Pues caminábamos a paso lento pero firme y algo seguro.

¿Cuánto habrá de costar en vidas, ese recorte al sector salud, cuánto nos habrá de costar prolongar cincuenta años más el retraso educativo y privar a todo un país de abrevar de la cultura? Un país que transpira cultura pues está en sus raíces. Porque México es un pueblo de naturaleza meramente artística.

La mayoría de estas cancelaciones se fundaron en un banal discurso de corrupción, pero hasta el día de hoy es un dicho, y no una realidad, pues no hay prueba alguna de esa corrupción, que no dudo exista, pero no en la proporción con la que magnificó su discurso. La prueba palpable: Cero denuncias. Cero implicados, Cero detenidos. Sin embargo las adjudicaciones directas de obras y servicios están a la orden del día ¿Gobernante honrado, que en campaña afirmó que él como Juárez, nada fuera de la ley y nadie por encima de la ley, ni él mismo? ¡Si chencha cómo no! Él es un hombre que se conduce al margen de la ley, porque en su desvarios él es la ley.

Y falta agregar que todas estas importantes decisiones de cancelar y dilapidar recursos públicos que son de nosotros los mexicanos, las tomo en otro acceso demencial, que tan bien lo distinguen, consultando a un puñado de acarreados, ilusos e inocentes que alzaron la mano para aprobar en un remedo de consulta popular al margen de todo orden jurídico y político, las cancelaciones y las ocurrencias de obras salidas de quién sabe dónde. Una descarada y descarnada mentada de madre a todos los que disentimos de sus pendejadas.

A ojo de buen cubero y sólo con las cifras citadas, este hidepu dispuso de más de un billón de pesos, en ciento ochenta días, esto sin sumar el dinero que reparte para cosechar aplausos y vítores del sufrido y engañado “pueblo sabio” al cual también humilla y ofende dándoles el pescado en lugar de enseñarlos a pescar, porque así conviene a sus intereses. Un engaño vil. Una verdadera traición a la Patria. Y todavía hay que agregar las ocurrencias salidas de su chistera, como el tren maya, la refinería dos bocas, etcétera, etcétera y etcétera.

Pero quisiera que alguien me dijera: ¿Si todas esta locura de disponer de los bienes e instituciones de un País, (como cosa propia) sin regla legal alguna, tiene alguna consecuencia de orden jurídico y político, ético y moral? ¿A quién y cuándo rendirá cuentas de este mayúsculo desastre? Nunca desde que tengo memoria, y vaya que la tengo, había visto nada tan grosero y bestial en la vida nacional, desde finales de los cuarenta hasta la fecha. Nací en 1945, producto de la posguerra. Fui testigo de elecciones sangrientas en la ciudad de México al inicio de los cincuentas, y marcaron mi vida para siempre.

Vi presidentes malos y otros no tanto, incluso alguno de ellos con un sello de lucidez poco común en esta clase política mexicana. Pero nunca supuse que un desquiciado pudiese gobernarnos. Con Echeverría llegué a pensar que ya habíamos tocado fondo, pero no fue así, y fue igual con todos los que le sucedieron hasta que éste ganso mequetrefe, con boberías, logró taladrar con engaños las mentes de ese “indefenso pueblo sabio” al grado de convencerlos de que él era el salvador de México con su eslogan de la cuarta transformación, como si las épocas históricas se dieran con discurso y ocurrencias y frases rimbombantes. Vaya desfachatez de este ganso, badulaque y engreído y pagado de sí mismo. Pobre pueblo, pobre México, y pensar que aún nos quedan cinco años y medio de acechantes estupideces.

A manera de colofón:

Sería medianamente consolador, creer que todo este aquelarre, con perdón del uso que doy a esta palabra, es alguna torcida interpretación de aquella sucinta y lapidaria frase atribuida y nunca confirmada al Rey Sol: L’ État c’est moi, (El estado soy yo) que además, y de haber sido cierta, se supone que se apegaba a lo que el Luis XIV pensaba acerca del estado, pues en el lecho de muerte se dice que pronunció <<Je m’en vais, mamis l’eta dememuera touours>> (Me muero pero el Estado de prevalecerá). Pensé comparar a este pringoso prójimo pseudo gobernante con los emperadores romanos Nerón y Calígula, pero sería una ofensa para estos personajes, pues ambos tuvieron momentos lúcidos como gobernantes, aunque los más, no lo hayan sido.

Dedicado a mi sufrido pueblo, inteligente y sabio que espero despierte de este somático letargo, y me refiero al soma huxliano usado en su libro Mundo Feliz, inducido por esa desenfrenada y vacía verborrea del ahora sí, de nombre “irrepetible”, y hasta ahora, todavía oscurantista presidente de México, por equivocación. Nota: Nunca había pisoteado tanto las reglas de la escritura abusando de los adjetivos, pero nunca los he disfrutado tanto como en este farragoso texto.