¿Cuándo nos volvimos un país de cínicos?

¿Cuándo nos volvimos un país de cínicos?

Francisco Zea

Ciudad de México.-Tengo que reconocer que, hoy más que nunca, estoy perplejo y asustado. No puedo llegar a entender si las reacciones de la sociedad, de compañeros de los medios y actores políticos están alimentadas en el desconocimiento criminal de lo que hablan o en el interés sectario o económico.
La tragedia en Tlahuelilpan, Hidalgo, es, verdaderamente, inconmensurable. Al momento de escribir estas líneas los muertos suman ya 85 y 58 personas hospitalizadas. De las causas de la tragedia y de todos aquellos imbéciles que quieren encontrar teorías de la conspiración les comparto algo: que para todo aquel que ha vivido cerca de la descarga o el manejo de combustibles “es ley”.
Cuando cualquier persona que es ajena a una refinería, ya no digamos de Pemex, de cualquier parte del mundo, y requiere entrar al área en donde se maneja combustible, el “manual de seguridad” le requiere que utilice una camisola de algodón para evitar que las fibras sintéticas puedan causar una chispa que, en el manejo de la gasolina, pueda causar una explosión con el contacto de los gases derivados de la acumulación del combustible. En una situación como la que se vivió en Hidalgo, sobra decir que esta medida de seguridad era una broma, impensable, vaya. Ya no hablemos de la restricción de usar celulares, que en sí, es un peligro en el manejo de combustible y su evidente emanación de gases explosivos y cuando, “fuente ovejuna”, va por la gasolina que les corresponde, como dueños del petróleo, que no roban, aclaró, que no roban, que no son huachicoleros, sólo un grupo de ciudadanos ejemplares recolectando lo que por historia es suyo: el “petróleo refinado”, los peligros se multiplican, pero el riesgo de recolectar en cubetas gasolina de alto octanaje, es responsabilidad del gobierno, no del grupo de cabrones inconscientes que lo llevaba a todos lados, incluso en la ropa que se prendió justo en la explosión.
Al momento de escribir estas líneas, tengo en la mente, revueltas frases y tuits, escritos por eminencias sociales y periodísticas. Me retumba en la mente una escena en donde una mujer es impedida para pasar al lugar de la explosión y le reclama a un soldado que eso deberían de haber hecho cuando se dio la fuga para que sus familiares no accedieran al lugar de la tragedia.
Por tal razonamiento, creo, entonces, que para que un infeliz no golpee a su mujer, hay que ponerle un soldado en su casa. Para que un hijo de la tiznada no viole en el transporte público, hay que asignarle un sargento a cada mujer y para que los empleados no roben, insertarles una cámara en el iris de los ojos que permita monitorearlo en todo momento.
Me gustaría mañana convocar a todos al sepelio del pacto social, a la quema del Leviatán, de Hobbes, y el olvido permanente del pensamiento de Rousseau, pues los ciudadanos hemos elegido tomar todo aquello que encontramos, en la calle, en las carreteras, en las ciudades, fruto de los accidentes y vicisitudes. Si son reses, las sacrificamos en la misma carretera, qué chingados, no importa, no son de nadie cervezas de un tráiler volteado igual, son un regalo, y gasolina, de la misma forma. El gran problema de la tragedia de Hidalgo, es que a diferencia de las reses y la “chela”, la gasolina sí explota.
La pregunta a este momento es clara: ¿Qué carajos nos pasa? Nos volvimos locos y somos tan pendejos de culpar al Ejército que no acordonó la zona en el tiempo suficiente para evitar que gente buena o no, no la juzgo, pudiera evitarse a sí mismas un peligro mortal. ¿Somos un pueblo de incapaces mentales como para no medir que la gasolina se prende y explote? ¿Necesitamos que un soldado nos diga no te lleves la gasolina que no es tuya por que, además, de cometer el delito de robo, te puede cargar la chingada?
Dentro de todos los que perdieron la vida en la explosión: ¿Cuántos necesitaban el combustible para una actividad productiva interrumpida por la crisis del desabasto? o ¿en la realidad iban a venderla?
No quiero ser malinterpretado. Las condiciones de este país siguen siendo injustas. La pobreza rampante y las necesidades apremiantes. Pero si un grupo de idiotas ve en esto una justificación para la rapiña, para el salvajismo que va desde el sacrificio de reses en la carretera hasta el robo de combustible, pues prepárense para “los juegos del hambre”. Prepárense para que Venezuela sustituya el verde, blanco y rojo, pero no le echen la culpa a ningún político, porque al día de hoy no encuentro ninguna invitación a robar.
La disuasión y persuasión propias de las teorías de combate al crimen están siendo una broma en nuestro país, porque encontramos formas irresponsables de justificar el robar.
Me duele este país, me duele México, me duele porque no entendemos que los que roban van a la cárcel. Que los gobernadores y líderes sindicales ladrones no deben de estar en su casa, sino en una sucia celda. Me duele porque periodistas oportunistas que han hecho de Twitter un negocio, culpan al Ejército del comportamiento salvaje de gente que en su inconsciencia arriesgaron su vida. Compañeros, si quieren hacer la diferencia, sean claros. La tragedia no es culpa de un cerco del Ejército o no. Es culpa de la impunidad rampante que hemos permitido opinando puras idioteces, de que hoy no reflejamos la realidad, sino nuestras filias y fobias a un gobierno que nos parezca o no, es de todos. Seamos serios y no oportunistas. Al Presidente le pido que no justifique al Ejército, no necesitan defensa. Hay que ser claros en la condena de los que roban. No minimiza la tragedia su robo, es triste que gente pobre muera, pero empecemos por el principio, robar es un riesgo. ¿Qué nos hayan saqueado otros gobiernos es una patente de corzo para llevarnos el país en pedazos?